• Lucía Quiroga

¿Una estructura dedicada a promover la felicidad de las personas?

¿Y si creamos una estructura dedicada a promover la felicidad de las personas en nuestras administraciones públicas? Ojalá se empiece por la Junta de Andalucía...


Las personas que sonríen tienen una magia especial

y gozan de un mejor estado de salud.

Ya hay muchas organizaciones empresariales que se han dado cuenta de la importancia de cuidar a las personas, a “sus personas”, a las que trabajan en y por ellas. Y por eso, no han dudado, a pesar de que seguro que, al menos al principio, provocaron ciertas reticencias y risas “maliciosas”, en crear Departamentos, Direcciones y/o Unidades de “Felicidad”, encargadas, de manera transversal de hacer que la FELICIDAD, sí, con mayúsculas, sea la filosofía que impere en sus líneas estratégicas, sus procesos y procedimientos, pero siempre a través de las personas, de sus personas trabajadoras.

En las administraciones públicas esto no va a ser tan fácil, a pesar de que hay ríos de tinta que demuestran que la productividad aumenta, sobre todo, cuando las personas están a gusto en sus puestos de trabajo (y estar a gusto implica muchas cosas...); en definitiva, cuando son más felices en su día a día al llegar a sus puestos de trabajo. Habrá más de una voz que se alce, una vez más, en contra de las personas que trabajamos en lo público, voces que dirán, como siempre generalizando, que “ya bastante suerte tenemos con tener un sueldo fijo y encima ahora queremos ser felices...”



Ese absurdo “mantra”, esa injusta “mala fama”, se nos atribuye desde tiempo inmemorial a las personas que trabajamos en lo público por aquello de que resuena más y porque es más propio de las personas humanas fijarse en lo malo, aunque abunde poco, que en lo bueno, aunque sea la mayoría. Y, por cierto, sin tener en cuenta de que ese tipo de personas no es exclusivo de las administraciones públicas; en las organizaciones privadas y en todo tipo de organizaciones, como las meigas, “haberlas hailas” también, pero de esas no se habla, o se habla bien poco.

Por eso, proponer a nuestras administraciones públicas que creen en su estructura, a un máximo nivel diría yo, una Unidad, Departamento o como quiera llamarse, encargado de las personas como personas, no como meros códigos de una relación de puestos de trabajo, sino como seres vivos muy profesionales, muy implicados, comprometidos y dispuestos a dar los mejores servicios públicos, para ver en qué podemos ayudarles, es algo que más allá de ser difícil, necesitaría de una política muy valiente y decidida por parte de quienes tengan la autoridad y la competencia para poder hacerlo. Así es que como muchas otras cosas que pasan y que no pasan en nuestras administraciones públicas, habrá que seguir intentando convencer, con demostraciones palpables, con datos fiables, con hechos patentes, de que esto merece la pena y que la administración pública que antes lo haga, quizá tenga que aguantar aquellas “risas maliciosas” que también aguantaron las empresas privadas en sus inicios, pero será la primera que, seguro, consiga, como dice el dicho, “dar dos veces”: una porque será más productiva y dos porque será más humana.

Asistimos, o deberíamos asistir, a una nueva cultura corporativa: proporcionar felicidad a las personas trabajadoras. Escucharlas, hacer que se sientan valoradas y aprovechen su potencial, redunda en grandes beneficios económicos. Las personas quieren trabajar donde se sienten a gusto, valoradas y con un incentivo emocional (un “propósito”).


Pero, ¡ojo!, felicidad laboral no consiste en poner futbolines, videojuegos, mesas de pimpón, clases de mindfulness… (las llamadas despectivamente “zanahorias corporativas”), mientras mantienes viejas prácticas. El concepto define una nueva cultura en la que el bienestar de las personas, porque ya no se habla de “recursos humanos”, sino de “personas”, es la prioridad.

También es importante no olvidar que en las estructuras piramidales, las que existen en muchas organizaciones, las soluciones y los problemas empiezan por la última planta. Por eso, la mayoría de las veces, lo primero que hay que hacer es ayudar a las personas que ejercen las jefaturas a ser mejores personas líderes – cosa que se hace, por ejemplo, con formación - porque, al fin y al cabo, de esas personas depende que las personas empleadas se sientan valoradas y perciban confianza.


En el libro “Hapiness at work”, Jessica Pryce-Jones (2010) ya aparecían conceptos como “motivación”, “confianza”, “contribución”, “compromiso” y “propósito”. La autora nos aporta cinco ideas clave sobre la felicidad laboral:


1. Las bases, primero: el salario.

Recibir un salario justo y competitivo, porque es difícil ser feliz si no consigues llegar a fin de mes o sientes que te explotan.


2. Escuchar a las personas empleadas.

Las personas empleadas necesitan sentir que son parte de la organización y para ello es fundamental que se sientan escuchadas. No se trata de entregar los trabajos bien y a tiempo, sino de hacerlo mediante un proceso fluido y colaborativo.


3. Propósito: el incentivo emocional.

Un propósito que exprese con claridad la suma de todos lo esfuerzos, genera compromiso.

4. Formación: clave de la promoción.

Se trata de fomentar el crecimiento personal y la capacitación de las personas que trabajan en la organización. Así, se refuerza el sentimiento de que la organización se preocupa por ellas y, además, la formación fomenta la confianza personal y permite cambiar de actividad y la promoción interna.

5. Confianza: fomenta la innovación.

Delega en las personas que trabajan en tu organización, escucha sus ideas y permite que desarrollen su potencial. La confianza aumentará la productividad y la innovación.


Por otra parte, las principales universidades del mundo imparten clases de felicidad porque creen que es una habilidad que se puede enseñar y, por tanto, aprender. Todo empezó en la Universidad de Yale en 2018, con el curso “Psicología y Buena Vida”, impartido por Laurie Santos que, ante su sorpresa, recibió más de mil matriculaciones.

Michael Plant, de la Universidad de Oxford, nos dice que el dinero y el éxito cuentan mucho menos de lo que la gente piensa para ser feliz. Esto se conoce como “la paradoja de Easterlin”. El PIB per cápita aumenta en Occidente desde los años cincuenta del pasado siglo, pero los niveles de felicidad están estancados. Las relaciones personales, la conexión emocional, cuentan más.

Lisa Bevill, Directora del Centro para la Salud, el Bienestar y la Felicidad, del IE Business School (Madrid), nos dice que la felicidad hay que practicarla, por ejemplo, a través de las emociones positivas porque percibirlas es más difícil que percibir los impactos negativos.


Annie Mckee, profesora en la Universidad de Pensilvania afirma que la clave para ser feliz en el trabajo es sentirse valorado/a y no solo el sueldo.

Nuestras administraciones públicas deberían ser mucho más valientes, deberían atreverse a romper sus, muchas veces, arcaicas estructuras y dar un paso más hacia organizaciones más felices, colaborativas, centradas, de verdad, no “de boquilla”, en las personas, en aprovechar su talento, en promover el desarrollo personal y profesional de las personas que en ellas trabajan. Y sí, tenemos que tener datos para demostrar que crear “Departamentos y/o Unidades de Felicidad” es un proyecto viable y, sobre todo, efectivo, pero se pueden obtener, aunque no creo que eso debiera ser una excusa, cuando nos dejamos tantas políticas públicas sin evaluar.

En cualquier caso, ya desde la neurociencia nos dan una primera fórmula científica, si es que es requisito imprescindible, para definir y prever la felicidad de las personas. Fue formulada en 2014 por Robb Rutledge, un neurocientífico del University College London, que acaba de fichar por la Universidad de Yale. Llamó a su ecuación “modelo computacional y neuronal del bienestar subjetivo momentáneo” y, al igual que se le pide al resto de ecuaciones (permitir hacer predicciones), consiguió convertir la felicidad, concepto hasta ahora basado en apreciaciones subjetivas, en algo que se puede medir objetivamente.

Queda un largo camino por delante, sí, una gran, pero retador, camino que recorrer para llegar a ver hechos realidad esos “Departamentos y/o Unidades de Felicidad” en nuestras administraciones públicas; nadie dice que es fácil, al igual que cualquier otra innovación disruptiva que se propone en el ámbito público, donde es más cómodo seguir con lo de “siempre se ha hecho así y funciona...”, pero tampoco creyó nadie, seguramente, hace años, en que hasta intentaríamos implantar el teletrabajo, por ejemplo… (que, por cierto, aún no se ha conseguido, pero sí iniciado…, por ser un poco optimista…).

Ojalá haya alguna persona de esas que deciden las políticas públicas que se atreva a dar el primer paso en este sentido. Y, en la parte que me toca, y por querencia, ¡ojalá se atreva y sea la primera mi Junta de Andalucía!

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