• Lucía Quiroga

Teletrabajo: crónica de una "innovación"​ anunciada

Ciertas condiciones sociales favorecen el surgimiento de "innovaciones". Se dice que "la necesidad agudiza el ingenio". También ciertas crisis, de cualquier índole (financieras, económicas, sanitarias...), cuando llegan a un nivel casi incontrolable, provocan el tener que tomar determinaciones que, si bien podían haberse acometido de manera más pausada, organizada y con una base sólida y totalmente justificada, necesitan de un "empujoncito" para llevarlas a cabo.

Así somos las personas. No podemos hacer algunas cosas obvias, y necesarias, si no tenemos una "crisis" por delante que nos obliga a actuar.

Y esto es lo que está pasando con la implantación de la modalidad del "teletrabajo". Ha tenido que llegar el brote de enfermedad por coronavirus (COVID-19), notificado por primera vez en Wuhan (China) el 31 de diciembre de 2019, para que muchas empresas e instituciones se plantéen que, ya que las personas trabajadoras no pueden o no deben ir a desempeñar sus obligaciones a sus lugares habituales de trabajo, no es tan mala idea que se queden en casa y trabajen desde allí.


Sin embargo, una vez más, empezamos la "casa por el tejado". El teletrabajo es una de las herramientas posibles para conseguir el trabajo por objetivos, además de contribuir a muchas otras cosas, como la conciliación personal y familiar, el cuidado del medio ambiente, la mayor implicación, responsabilidad y compromiso...


Pero nadie, hasta la aparición del Coronavirus, parecía fiarse demasiado de que esas personas "teletrabajadoras" fueran, de verdad, a ser capaces de desempeñar sus tareas, de cumplir con los objetivos para los que están contratados, sin "calentar la silla" en sus puestos de trabajo y cumplir con el horario establecido, picando en una máquina del tiempo a la entrada y a la salida. Lo que hicieran en ese espacio de tiempo, es lo de menos porque lo importante, parece ser, es "cumplir con un horario".


Las crisis, todas las crisis, ayudan, o más bien, obligan, a adaptarse al cambio, sí o sí, aunque sea por pura supervivencia. Pero, en el caso del "teletrabajo" hay muchas reflexiones ya hechas, muchos estudios que evidencian que se puede implantar, muchas voces que claman que lo importante es que se cumplan los objetivos que cada empresa y/o institución se ha marcado y debe cumplir.

Y, sin embargo, la "mala fama" que, a priori, tenemos todas las personas trabajadoras, las resistencias al cambio porque "es más cómodo" seguir como estamos, porque cuesta mucho pararse a reflexionar (nunca tenemos tiempo) y mucho más a revisar qué y cómo lo estamos haciendo. ¡Y no digo nada si, además, hay que establecer indicadores y evaluar lo que hacemos!

Pero, como siempre hay que sacar lo bueno hasta de lo malo, parece que este virus, este Coronavirus, nos va a obligar a implantar, aunque sea de manera atropellada, temporal, y no con todas las garantías de éxito (a pesar de que ya hay suficientes elementos para poderlo planificar con detalle) la modalidad del teletrabajo. Quizá no todas las personas que ahora mismo están "obligadas" a llevarlo a cabo estén, a priori, de acuerdo. Quizá, las empresas y/o instituciones que se están viendo obligadas a permitir esta modalidad de trabajo lo estén haciendo porque piensan que así, al menos, algo harán las personas que no pueden ir a sus centros de trabajo de manera presencial... Quizá.




Pero, cuando todas esta crisis pase, me gustaría que, al menos, dentro de la gravedad que supone una crisis sanitaria, saquemos algo en claro sobre que trabajar no es "trabajar en", sino "trabajar para", como ya dijo Víctor Almonacid. Y, una vez más, en la historia de la Humanidad, nos demos cuenta de que no deberíamos esperar a una crisis de esta magnitud para avanzar e "innovar" por el bien de toda la sociedad. Quizá el teletrabajo, como una de las herramientas para conseguir que trabajemos por objetivos haya encontrado, por fin, la manera de empezar su camino.

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